Hace un tiempo hice una ruta guiada por Madrid dedicada a Las Sin Sombrero. Fui casi sin saber muy bien qué esperar y salí de allí con una mezcla de fascinación y un poco de vergüenza, la verdad: llevaba años sin haber oído hablar en condiciones de mujeres que deberían estar en cualquier manual de historia o de arte, al mismo nivel que sus compañeros varones. Así que llevo tiempo con ganas de hablar de esta historia y, como julio nos regala algo de tiempo para leer con más calma, me ha parecido un buen momento.
Y ya que estamos, aprovecho el post para proponer algo un poco raro: vamos a hablar de estas mujeres de los años veinte y también de lo qué significa pensar por cuenta propia, ahora que la inteligencia artificial nos lo pone tan fácil para no hacerlo. Sé que suena a mezcla imposible, pero cuando llegues al final vas a entender por qué una cosa tiene bastante que ver con la otra, ¡al menos para mi!
Un gesto tan tonto que resultó revolucionario
Corrían los años veinte del siglo pasado. Madrid vivía bajo la dictadura de Primo de Rivera, con un ambiente cultural muy vivo pero con unas costumbres sociales que hoy nos parecerían de otro planeta. Entre esas costumbres estaba el sombrero: hombres y mujeres lo llevaban al salir a la calle, era una prenda tan obligatoria como los zapatos, una norma que nadie cuestionaba porque, sencillamente, siempre se había hecho así. Y entonces, un día cualquiera, un grupo de amigos decidió que ya estaba bien de «siempre se ha hecho así». Entre ellos, la pintora Maruja Mallo (cuyo verdadero nombre era Ana María Gómez González), Federico García Lorca, Salvador Dalí y la también pintora Margarita Manso pasearon por la Puerta del Sol quitándose el sombrero en público. Y aquel gesto, que hoy nos parecería absolutamente inofensivo, provocó un escándalo considerable y acabaron insultándoles y hasta tirándoles piedras. Todo por dejar la cabeza al aire.
Maruja Mallo contaría después, con la ironía que la caracterizaba, que lo hicieron simplemente «para descongestionar las ideas». Pero la sociedad madrileña vio mucho más que una ocurrencia estética: vio un acto propio de «rebeldes», según decían. Porque quitarse el sombrero, sobre todo si eras mujer, significaba no aceptar sin más el papel que la sociedad te había asignado. Ramón Gómez de la Serna lo resumió muy bien años más tarde, cuando escribió que este era un país tan poco rebelde que miraba mal hasta el mínimo gesto de rebeldía personal, que era, ni más ni menos, ir sin sombrero.
De ahí nace el nombre que, décadas después, en 2015, un documental homónimo dirigido por Tània Balló, Serrana Torres y Manuel Jiménez rescataría del olvido: Las Sinsombrero. Un término que hoy usamos con total naturalidad, pero que durante más de ochenta años no existió, porque las mujeres a las que da nombre tampoco existieron para casi nadie: ni en los libros de texto, ni en las antologías, ni en la memoria colectiva.
Conviene pararse un momento en el contexto, porque sin él el gesto pierde la gracia. Estamos hablando de un Madrid que empezaba a modernizarse a marchas forzadas: llegaban el cine, el jazz, las primeras universitarias, un ambiente de cafés y tertulias donde se discutía de arte, de política y de la vida con una libertad que en España no se había visto antes. Y, al mismo tiempo, ese Madrid seguía siendo profundamente conservador en todo lo que tenía que ver con el papel de la mujer. Una mujer podía, si tenía suerte y familia con recursos, estudiar; pero se esperaba de ella que lo hiciera con discreción, sin llamar demasiado la atención, sin ocupar espacios que «no le correspondían». En ese contexto, algo tan nimio como pasear con la cabeza descubierta se convertía en una declaración de intenciones.
Ellas estaban ahí. Todo el tiempo
Cuando hablamos de la Generación del 27, ese grupo de poetas y artistas que revolucionó la cultura española antes de que la Guerra Civil lo arrasara todo, casi todo el mundo puede recitar de carrerilla los nombres de Lorca, Alberti, Cernuda, Aleixandre, Dalí, Buñuel… Nombres que estudiamos, que están en los manuales, que tienen calles y colegios dedicados.

¿Y ellas? Estaban ahí, con el mismo talento y, en muchos casos, mucho más que perder. María Zambrano, filósofa andaluza de una profundidad que todavía hoy se estudia en universidades de medio mundo. Rosa Chacel, escritora de una modernidad asombrosa para su época. María Teresa León, novelista y activista incansable. Concha Méndez, poeta que se atrevió a viajar sola por medio mundo cuando eso era prácticamente impensable para una mujer. Ernestina de Champourcín, cuya poesía mística sigue esperando el reconocimiento que merece. Josefina de la Torre, poeta, novelista, cantante lírica y actriz. Maruja Mallo, pintora surrealista de una originalidad enorme. Margarita Manso, también pintora. Marga Gil Roësset, escultora e ilustradora de un talento precocísimo.
Todas ellas compartieron generación, amistades, tertulias y, en muchos casos, aulas y proyectos con los hombres que hoy llenan las antologías. Muchas se conocieron y se apoyaron en el Lyceum Club Femenino de Madrid, un espacio pionero fundado para que las mujeres pudieran socializar y desarrollar sus inquietudes artísticas e intelectuales en un momento en el que casi ningún otro lugar se lo permitía. Allí se debatía, se compartían proyectos, se organizaban exposiciones. Era, en cierto modo, su propio laboratorio de ideas.
Y sin embargo, cuando llegó el momento de escribir la Historia con mayúscula, sus nombres se fueron quedando fuera. No porque su obra fuera menor, sino porque el relato lo escribieron otros, y esos otros decidieron, sin ni siquiera pararse a pensarlo demasiado, que el talento tenía nombre de hombre. La Guerra Civil terminó de hacer el resto. Muchas de ellas tuvieron que exiliarse, dejando atrás su país y sus redes de apoyo, y siguieron trabajando en circunstancias muy duras, a menudo en el más absoluto anonimato. Otras se quedaron, calladas por la fuerza, bajo una dictadura que no tenía ningún interés en recordar a mujeres libres y cultas.
Tuvieron que pasar más de ochenta años y el trabajo de historiadoras, investigadoras y documentalistas, para que sus nombres empezaran a recuperar el lugar que siempre les perteneció. El Ministerio de Cultura ha ido facilitando el acceso a archivos y fuentes para investigar su obra, y cada vez hay más exposiciones y proyectos que las traen de vuelta a la conversación. Queda camino, pero se está recorriendo. Y lo curioso es que ese camino no lo están recorriendo solo instituciones grandes: también lo hacen guías turísticas, profesoras que se salen del temario oficial, compañías de teatro pequeñas como Las Sin Sombrero de Sevilla de mi amiga y compañera Teresa, blogs como este mismo de #MuejresSP…
A veces, el cambio grande empieza en sitios muy modestos.
¿Conocemos algo más de Las Sin Sombrero? Seis vidas que merece la pena conocer…
Propongo ahora pararnos un momento en algunas de estas mujeres, porque es necesario ponerles cara y detalles a los nombres.
- María Zambrano fue una de las mentes filosóficas más originales de la España del siglo XX. Discípula y alumna de Ortega y Gasset, desarrolló un pensamiento propio, alejado de escuelas y etiquetas, que sigue siendo objeto de tesis y congresos hoy en día. Tuvo que exiliarse tras la guerra y pasó décadas fuera de España. Cuando por fin regresó, ya anciana, recibió el Premio Cervantes, el máximo reconocimiento de las letras en español. Le llegó tarde, pero le llegó.
- Maruja Mallo es probablemente la más «instagrameable» de todas ellas, si se me permite el anacronismo: pintora surrealista de imaginación desbordante, amiga íntima de Dalí y de Lorca, con una vida tan intensa como su pintura. Fue ella quien, entrevistada años después, explicó aquello de «descongestionar las ideas» al hablar del episodio de la Puerta del Sol.
- Marga Gil Roësset fue escultora e ilustradora, con un talento que ya llamaba la atención cuando era niña. Su vida se truncó muy joven, con apenas 24 años, en circunstancias trágicas que todavía hoy resulta doloroso leer. Su historia es un recordatorio de que, más allá del olvido histórico, algunas de estas mujeres cargaron también con sus propias batallas personales, silenciosas y difíciles.
- Concha Méndez decidió, en un gesto casi inaudito para los años veinte, viajar sola por Europa y América. Poeta y editora, fundó junto a su marido, el también poeta Manuel Altolaguirre, varias editoriales que contribuyeron decisivamente a difundir la obra de autores de la Generación del 27. Sin ella, probablemente conoceríamos mucha menos poesía de la que hoy consideramos imprescindible.
- Josefina de la Torre fue poeta, novelista, cantante lírica y actriz de cine, todo a la vez, antes de que «polifacética» fuera una palabra de moda. Nacida en Canarias, se trasladó joven a Madrid y publicó su primer libro de poemas con apenas veinte años. Tras la guerra, tuvo que reinventarse una y otra vez para sobrevivir, sin dejar nunca de escribir.
- Rosa Chacel es quizá la más difícil de encasillar de todas: novelista y ensayista de un estilo exigente, casi arquitectónico, que ella misma reivindicaba frente a lo que consideraba una literatura demasiado sentimental. Vivió también el exilio, primero en Europa y después en Brasil y Argentina, y no dejó de escribir en ningún momento, aunque durante décadas apenas tuviera lectores en España. Cuando por fin se reeditó su obra, en los años ochenta, empezó a ser leída como una referente por nuevas generaciones de escritoras y lectoras.
Seis vidas, seis maneras distintas de plantarle cara a un mundo que no estaba preparado para ellas. Y son solo una muestra: la lista de mujeres injustamente relegadas de esta generación daría para varios posts más.
Mi día de domingo con ellas
Volvamos a mi ruta de Madrid, que es de donde nació todo esto. Fue un domingo de esos en los que el sol ya calienta pero todavía se puede caminar sin sufrir demasiado. El guía tenía esa cosa de contagiarte el interés por el tema desde el primer minuto, nos llevó por varias paradas casi obligatorias: la Puerta del Sol, escenario del célebre paseo sin sombrero; la Residencia de Señoritas, germen de tantas vocaciones; el lugar donde estuvo el Lyceum Club Femenino, que hoy apenas tiene una placa discreta recordándolo…
Recuerdo especialmente cuando nos habló de Marga Gil Roësset y de su final, tan temprano y tan triste. Y recuerdo también las risas cuando nos contó la anécdota de Maruja Mallo con eso de «descongestionar las ideas», porque tenía un puntito de humor que a mí me pareció maravilloso. No eran mártires solemnes. Eran mujeres con ingenio y con ganas de vivir, en un mundo que se tomaba a sí mismo demasiado en serio.
Salí de aquella ruta con ganas de contárselo a todo el mundo, quizás un poco indignada conmigo misma por no haber conocido antes a estas mujeres, y a la vez, encantada de haberlas descubierto por fin. Me pasó algo curioso, y es que durante los días siguientes empecé a fijarme en pequeños detalles que antes se me habían pasado completamente por alto: una calle con el nombre de alguna de ellas por la que había pasado mil veces sin reparar en quién era, una mención de pasada en un artículo, un cuadro en un museo que ya había visto antes sin saber quién lo había pintado. Es curioso cómo, una vez que alguien te presenta a estas mujeres, empiezan a aparecer por todas partes, como si siempre hubieran estado ahí esperando a que las mirases con atención.
Pensar antes de aceptar, ayer y hoy
Hay algo en el gesto de la Puerta del Sol que va más allá de la moda o la estética: para quitarte el sombrero en 1929 primero tenías que darte cuenta de que llevarlo era una costumbre, no una ley y decidir, con cabeza propia, que no ibas a seguirla sin más. Ese «darte cuenta» es un ejercicio de pensamiento crítico en estado puro, y por eso me parece inevitable traerlo hasta este verano, aunque suene a salto raro.
El filósofo José Carlos Ruiz, autor de El arte de pensar e Incompletos, hablaba hace apenas unos días de lo que él llama «un nuevo analfabetismo»: no saber pensar sin delegar en la inteligencia artificial. No se refiere a usar la IA para ahorrar tiempo ya que, sin duda, no es ese el problema, sino a algo más sutil: aceptar sus respuestas sin someterlas a contraste, dejar que piense por nosotros procesos que hasta ahora eran nuestros. Lo llama «descarga cognitiva»: trasladar a la máquina tareas de memoria, de razonamiento, de síntesis, hasta que un día nos demos cuenta de que hemos dejado de ejercitar ese músculo.
Lo que más me ha hecho pensar de sus palabras es que no habla solo de las respuestas, sino de cómo llegamos a ellas: cómo formulamos las preguntas, cómo ordenamos las ideas, cómo construimos, al final, una voz propia. Y aquí es donde vuelvo a Las Sin Sombrero, porque su historia entera es, en el fondo, la de un grupo de mujeres que se negaron a aceptar una respuesta ya dada, «las mujeres no hacen esto», «las mujeres no van así», sin someterla a contraste. Si hubieran delegado esa pregunta en la opinión mayoritaria de su época, aquel paseo por la Puerta del Sol no habría existido nunca.
No digo que la IA sea el enemigo, ni que usarla sea un problema en sí mismo, porque yo la uso a diario y es evidente que ayuda a la eficiencia. Pero si hay una lección de Las Sin Sombrero que me parece perfectamente vigente cien años después es esta: aceptar una respuesta ya hecha, venga de donde venga (de una convención social o de una máquina), siempre es más cómodo que pararse a pensar si esa respuesta tiene sentido. Y siempre hace falta un poco más de valentía para lo segundo.
Mi pequeño gesto (y quizás también el tuyo)
Aquí va una confesión pequeña, casi tonta. Cuando le pido ayuda a una inteligencia artificial para algo relacionado con el trabajo, tengo la costumbre de nombrarla en femenino: «actúa como consultora», «actúa como arquitecta», en lugar de aceptar sin más el masculino que sale por defecto. No cambia el resultado del trabajo, no hace mejor ni peor la respuesta. Pero sí cambia algo pequeñito en mi cabeza cada vez que lo escribo. Esto me lo enseñó otra socia, ex miembro de la Junta directiva de MujeresSP, Ana Báez y la sigo al pie de la letra.
Y creo que ahí está, en miniatura, la misma explicación de por qué Las Sin Sombrero se quitaban el sombrero: no porque eso fuera a cambiarles la vida de un día para otro, sino porque negarse a la costumbre, aunque sea en algo diminuto, es una forma de recordarte a ti misma que puedes elegir. No sé si mi manía tiene nombre técnico. Lo que sí sé es que cien años después de que un grupo de amigas y amigos se quitara el sombrero en la Puerta del Sol, seguimos teniendo pequeños sombreros que quitarnos, aunque ahora algunos estén escondidos en un sitio tan poco visible como la forma de escribir un prompt.
Lo que nos toca hacer ahora
Si algo nos enseñan Las Sin Sombrero es que la rebeldía no siempre necesita gestos grandes. A veces basta con quitarse algo: un sombrero, una costumbre, una respuesta que aceptamos sin pensarla.
Desde esta asociación tenemos, creo, un papel bonito que jugar: el de seguir metiendo estos nombres en la conversación y, de paso, el de seguir ejercitando esa costumbre tan sencilla como poco practicada de preguntarnos «¿esto tiene sentido, o lo estoy aceptando porque siempre se ha hecho así?». No hace falta ser filósofa ni historiadora para hacerlo. Basta con mencionar a estas mujeres en una comida, recomendar el documental a quien no lo haya visto, o ¡por qué no! cambiar el género de un prompt pidiéndole que actúe como «consultora», «arquitecta», «abogada»… (esto se lo robé a Ana Báez, socia de #MujeresSP ¡¡de las inspiran y mucho!!).
Y ya que estamos en pleno verano, con las tardes alargándose y ganas de planes con encanto, te lanzo una invitación sin ninguna solemnidad: la próxima vez que estés de sobremesa o de terraza, prueba a preguntar si alguien conoce a Las Sin Sombrero. Es una forma estupenda de arrancar una conversación que puede acabar siendo mucho más interesante de lo que parecía al principio. Y si nadie las conoce, mejor todavía: tendrás la oportunidad de presentárselas tú.
Un reto de verano, por si te apetece jugar
Me gustaría proponer un pequeño reto: elige un nombre de los que has leído aquí y regálale un hueco en tu verano. Puede ser buscar un poema de Ernestina de Champourcín para leer en la terraza, ver el documental de 2015 alguna noche de sofá y ventilador, acercarte a alguna exposición, si tienes la suerte de que coincida con tus vacaciones, o simplemente comentarlo con alguien tomando algo fresco. Y si te apetece un reto todavía más pequeño, la próxima vez que le pidas algo a una IA, párate un segundo antes de aceptar la primera respuesta. Pregúntate si de verdad la piensas tú o si simplemente la estás firmando.
Ninguno de estos gestos va a cambiar el mundo. Pero tampoco lo hizo, en apariencia, quitarse un sombrero en la Puerta del Sol un día cualquiera de los años veinte. Y ya ves lo que dio de sí.

Olga Fernández
RRSS de #MujeresSP
Documental de las Sin Sombreo en RTVE Accede aquí
Artículo en La VAnguardia de José Carlos Ruiz, filósofo cordobés: https://www.lavanguardia.com/clic/20260701/11580975/jose-carlos-ruiz-filosofo-posibilidad-real-nuevo-analfabetismo-pensar-delegar-ia-gvm.html




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