Hablar en público no es solo una habilidad. Para muchas mujeres en el sector público, es una conquista.
En el pasado Congreso de MSP en Valencia y, entre las muchas actividades programadas, hay una que me ha hecho especial ilusión: la exposición de las charlas trabajadas por tres compañeras en el Curso de Oratoria de la Asociación. Detrás de esas tres intervenciones hay meses de trabajo, de dudas, de aprendizaje… y también de valentía.
Esta actividad me enorgullece especialmente por dos razones. La primera, porque tuve la enorme suerte de participar en la primera edición del curso y de presentar mi charla —“Vivir sin permiso”— en el Congreso de Burgos. La segunda, porque en esta tercera edición he tenido la oportunidad de formar parte del equipo docente y puedo decirlo sin exagerar: el nivel ha sido extraordinario.
Este año hemos tenido la oportunidad de facilitar la actividad todas aquellas socias que nos formamos en la primera o segunda edición. Yo fui de las primeras en formarme, de las primeras en concluir mi propia charla y de las primeras en transmitir todo el conocimiento adquirido a las compañeras que este han concluido la tercera edición.
Recuerdo cuando recibí el correo de la Asociación anunciando el Curso de Oratoria, no dudé ni un segundo en apuntarme. El número de plazas era limitado y la selección se hacía por sorteo, así que rellené el formulario casi con urgencia, cruzando los dedos. Siempre he pensado que he tenido suerte en la vida —un tío mío me lo repetía desde pequeña—, y esta vez también fue así: fui seleccionada.
¿Y por qué quería participar?
Porque hablar en público me imponía. Mucho.
Veía a compañeras —muchas de la Asociación— desenvolverse con una soltura y una naturalidad que yo sentía muy lejanas. Y, siendo honesta, veía a más hombres que mujeres ocupar ese espacio con seguridad. A nosotras nos cuesta más. No es una impresión: es una realidad que tiene que ver, entre otras cosas, con ese conocido síndrome de la impostora que tantas veces nos acompaña.
Yo quería aprender. Quería herramientas para gestionar el miedo, para ordenar ideas, para comunicar mejor. Quería dejar de sentir que hablar en público era una prueba que había que superar… y empezar a verlo como una oportunidad.
Y entonces llegó la actividad de oratoria a través del método TED y con ella, descubrí el mundo de las charlas TED, un universo que hasta ese momento me era completamente ajeno. Los lunes se convirtieron en un espacio de aprendizaje que esperaba con ganas.
Trabajé mi charla. Mucho. Con los profesores, y con mis compañeras. Y finalmente mi charla vio la luz. Pero, sobre todo, recuerdo lo que vino después: el aprendizaje, sí, pero también los vínculos. Porque de aquella primera edición me llevé algo más que herramientas: me llevé una red de compañeras y de apoyo que todavía hoy sigue ahí.
Aquella era la primera edición. Y nadie sabía muy bien si habría una segunda.
La hubo.
Y fue mejor.
Y entonces surgió la necesidad de dar un paso más.
En algún momento apareció la pregunta clave: ¿y por qué no formar a socias para impartir el curso?
David y Virginia han sido —y siguen siendo— unos magníficos profesores, pero también entendieron desde el principio que lo verdaderamente valioso era que la Asociación pudiera hacer suyo el proyecto, sostenerlo y hacerlo crecer desde dentro.
Y así empezó la transformación.
De alumnas a formadoras
Y en ese punto me encuentro ahora: formando parte del equipo docente en esta tercera edición.
He impartido sesiones sobre miedo escénico —uno de los temas que más me preocupaban cuando yo era alumna— junto a Mª Jesús Langa, cerrando de alguna manera un círculo muy especial. También he compartido sesiones con Adela, y he visto de cerca el enorme trabajo organizativo que hay detrás, ese que muchas veces no se ve: convocatorias, recordatorios, seguimiento… tareas que todas las ediciones ha asumido una u otra compañera, de manera altruista, por el bien de todas, para que la actividad fuera posible.
Y después, una de las tareas más difíciles: escuchar, acompañar y ayudar a las compañeras en la preparación de sus charlas… todas, sin excepción, tenían algo valioso que contar. Todas eran, en algún sentido, una pequeña joya.
El Curso de Oratoria no es solo una actividad formativa más dentro de la Asociación.
Es un espacio de crecimiento. De aprendizaje compartido. De acompañamiento.
Es un lugar donde muchas mujeres empiezan a hacer algo que no siempre nos resulta fácil: ocupar el espacio público desde la seguridad y la confianza.
Lo que comenzó como una iniciativa ilusionante se ha convertido en algo más sólido: una red en la que las alumnas de ayer somos hoy parte activa del proceso.
Y quizá ahí reside su mayor valor.
Porque este curso no va solo de hablar mejor. Va de atreverse. De ganar seguridad. De dejar de pedir permiso.
Y cuando ese proceso se construye de manera colectiva, entre mujeres que comparten dudas, miedos y avances, el resultado trasciende lo individual.
Se convierte en transformación.
Por eso, ver a las compañeras que se subirán al escenario en Valencia no es solo asistir a unas buenas charlas.
Es confirmar que el proyecto ha crecido.
Que tiene raíces.
Y, sobre todo, que tiene futuro.
Elena Domingo Martín.
Jefa del Servicio jurídico de Urbanismo del Ayuntamiento de Zamora.





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