La importancia del aprendizaje en igualdad

Según Norman Longworth, el aprendizaje es el “desarrollo del potencial humano mediante un proceso de apoyo permanente que estimula y capacita a las personas para que adquieran todos los conocimientos, las destrezas, los valores y la comprensión que necesitarán a lo largo de su vida, y para que los apliquen con seguridad, creatividad y disfrute en todas las funciones, circunstancias y entornos”.

A partir de las palabras de este conocido autor no cabe duda alguna de la importancia del aprendizaje y de su influencia en la forma de vivir y de pensar en la sociedad actual, sujeta a múltiples cambios (entornos VUCA) y más hoy día, en plena pandemia Covid-19, donde el aprendizaje y la educación se han convertido en temas capitales que acaparan el interés de numerosos medios de comunicación y la preocupación de todo un país por unas u otras razones.

En estos días en que todo se discute, existe una cuestión cuya implantación en las administraciones públicas ha sido objeto de debate desde hace tiempo, que es la del teletrabajo, y su asociación a la idea de conciliación y al cumplimiento de objetivos de la organización.

Las conclusiones de la encuesta sobre “El impacto del teletrabajo en las mujeres”, que nuestra Asociación de Mujeres en el Sector Público (AMSP) llevó a cabo entre el 23 de abril y el 1 de mayo pasados, a propósito de esta tema, pone claramente de manifiesto las desigualdades existentes entre hombres y mujeres a la hora de abordar determinadas cuestiones (tareas domésticas, tiempo de ayuda a los hijos, carga mental, diferencias por situaciones familiares, organización en teletrabajo, compartición de recursos tecnológicos, entre otras) suponiendo mayores efectos negativos o mayores cargas para las mujeres, sobre todo si tienen hijos a cargo.

Una vez más y en pleno siglo XXI, vuelve a ponerse en entredicho uno de los valores que el artículo 1.1 de nuestra Carta Magna propugna como “superiores de nuestro ordenamiento jurídico”, el de igualdad. Ante esto la pregunta resulta obvia ¿Cómo conseguir que un valor público ético tan importante como es la igualdad efectiva se proyecte en la actuación de los poderes públicos y oriente sus políticas públicas y con ello la de toda su ciudadanía?

Sin duda alguna, son diversos, y no menos tediosos, los medios para su consecución pero entre ellos debemos de poner un especial acento en la educación y el aprendizaje.

Haciendo un poco de historia nos encontramos en que no es hasta finales del siglo XVIII y principios del XIX cuando en Europa se va imponiendo la idea de la importancia de la escolarización de la ciudadanía. No obstante, esta universalización de la educación excluía en un principio a las mujeres ya que su acceso a las escuelas fue algo posterior, minoritario y limitado a la educación básica, y desde luego, distinta a la de los niños. Se establecía así una escuela separada de niñas y niños. La razones teorizadas, entre otros, por Rousseau se basaban en que el destino social de las mujeres, ser madres y esposas, era razón para una educación distinta a la de los hombres.

En nuestra sociedad sin embargo la escuela tiene una importancia extraordinaria ya que es un agente de socialización junto a la familia, los medios de comunicación, el grupo de pares o iguales (amistades), la religión y el lenguaje. Y como agente de socialización su función, junto a la transmisión de conocimientos, es la transmisión de valores, actitudes, aptitudes y comportamientos que los seres humanos debemos aprender e interiorizar, facilitando nuestra integración en la sociedad en la cual crecemos.

La IV Conferencia Mundial sobre las mujeres de Beijing en 1995, en la sección B ya señalaba que: “La educación es un derecho humano y una herramienta fundamental para conseguir los logros de igualdad, desarrollo y paz. Una educación no discriminatoria beneficia a niños y niñas y así contribuye a establecer unas relaciones más igualitarias entre mujeres y hombres. La igualdad de acceso a la educación y la obtención de educación son necesarias para que más mujeres se conviertan en agentes de cambio (….). Ha quedado demostrado que la inversión en la educación y la capacitación formal y no formal de las niñas y las mujeres, que tiene un rendimiento social y económico excepcionalmente alto, es uno de los mejores medios de lograr un desarrollo sostenible y un crecimiento económico a la vez sostenido y sostenible.

Ahora bien, la pregunta que seguidamente nos haríamos sería ¿es posible aprender en igualdad?.

De las ocho competencias básicas definidas por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) como objetivos prioritarios de la educación, «aprender a aprender» es sin duda la más importante y, sin embargo, también es la más incomprendida.

Aunque nuestro cerebro aprende de manera espontánea de todas nuestras experiencias y acciones cotidianas, y aunque está preparado para adquirir sin esfuerzo aparente algunas habilidades esenciales, como el habla en la lengua materna, hay muchas cosas que no puede aprender a menos que hagamos un esfuerzo deliberado por aprenderlas (Geary 2007). Este es el caso de la mayoría de conocimientos y habilidades que se proporcionan en la escuela. Para este tipo de aprendizajes, el acto de aprender puede entenderse como una habilidad y, como tal, puede hacerse mejor o peor. En otras palabras, ante un reto de aprendizaje, podemos actuar de manera más o menos eficaz con vistas a alcanzarlo. Así, en función de lo que hagamos, lograremos aprendizajes que variarán en su profundidad, durabilidad y capacidad de transferencia.

Tal y como afirma Ruíz Martín “nuestra memoria no funciona a voluntad, por lo que no podemos pedirle que recuerde—u olvide— lo que deseamos sin más. Cuando tratamos de aprender lo que hacemos es llevar a cabo las acciones que creemos que provocarán que nuestro cerebro conserve los conocimientos o destrezas que deseamos adquirir, de forma que podamos recuperarlos en el futuro. Pero nada nos garantiza que esto acabe siendo así. En este sentido, la investigación científica ha revelado que existen acciones y circunstancias concretas que resultan mucho más efectivas que otras para que esto suceda, y que no siempre son intuitivas. Así, las cosas que hacemos cuando tratamos de aprender algo pueden derivar en conocimientos efímeros o bien conocimientos duraderos. Igualmente, lo que hagamos al aprender determinará cuán transferibles serán los conocimientos y destrezas adquiridos, es decir, influirá en si seremos capaces de emplearlos en nuevos contextos distintos al contexto de aprendizaje”.

Aprender por tanto no es fácil, aunque pueda resultar estimulante, enriquecedor e incluso divertido. Siempre requiere un cierto esfuerzo y un claro interés. Por ello la responsabilidad de aprender y de mantener los conocimientos actualizados es, siempre y en primer lugar, de la propia persona, la cual debe hacerse consciente del propio proceso de aprendizaje y tomar las riendas del mismo.

¿Qué sucede en el sector público y en el ámbito de las administraciones públicas?. A pesar de que la Agenda 2030 en su Objetivo 5.5 insta a los gobiernos a “asegurar la participación plena y efectiva de las mujeres y la igualdad de oportunidades de liderazgo a todos los niveles decisorios en la vida política, económica y pública” y que dicho ámbito debería ser uno de los pocos en que la brecha de género no estuviera presente, sin embargo, lo cierto y verdad es que sólo un 30 por ciento de los órganos y cargos de responsabilidad en la Administración está ocupado por mujeres a pesar de que casi el 60 por ciento del personal empleado público que forma parte de ellas lo sean.

Durante la pandemia se ha hablado de un mayor éxito de gestión en los países que –lo cual ha sorprendido a muchos- están liderados por mujeres, aunque sorprende que menos del 7 por ciento de los líderes globales sean mujeres, según Naciones Unidas.

Por tanto, a pesar de que la diversidad y la inclusión están cada vez más presentes en el discurso de las organizaciones, debido en gran parte a la exigencia social creciente en este sentido, los datos demuestran que los avances realizados siguen siendo insuficientes.

No obstante, la crisis del Coronavirus ha provocado, entre otras muchas cosas, que la forma de entender y trabajar en las organizaciones públicas (y privadas) haya dado un giro espectacular en cuanto a prioridades, recursos, necesidades y formas de trabajar.

Es absolutamente necesario crear organizaciones con cultura de crecimiento ágiles, flexibles, creativas e innovadoras. En suma, basadas en la “cultura del aprendizaje organizativo” posicionando el aprendizaje como uno de sus principales valores corporativos. Esto significa interiorizar en su globalidad un conjunto de actitudes, valores y prácticas que acompañan e impulsan el proceso de aprendizaje continuo dentro de una organización y que guían nuestro comportamiento y conductas dentro y fuera de la misma.

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La formación y el aprendizaje, por tanto, han de servir como instrumentos vehiculares para hacer realidad el principio de igualdad de oportunidades promoviendo una Administración más plural, diversa y representativa de toda la ciudadanía con el objetivo de avanzar en la consecución de una sociedad más justa e igualitaria, promoviendo las condiciones para que dicha igualdad sea real y efectiva y removiendo los obstáculos que impiden o dificulten su materialización.

Al mismo tiempo una Administración y, por ende, una sociedad que sea igualitaria coadyugará a evitar que exista discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier condición o circunstancia personal o social y esto, sin duda alguna, exige la formación del personal empleado público, tal y como reconoce expresamente la diversa normativa en la materia (entre otras, la Ley Orgánica 3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres y, en el ámbito de la Región de Murcia, la Ley 7/2007, de 4 de abril, para la Igualdad entre Mujeres y Hombres y de Protección contra la Violencia de Género)y los diferentes Planes de igualdad.

Es necesario, por tanto, que el mayor número de personal empleado público conozca las bases conceptuales y desarrollen competencias de carácter básico y específicas que permitan la integración del principio de igualdad en su actividad diaria.

Al mismo tiempo, las administraciones públicas deben promover el conocimiento de los marcos jurídicos, sociales y políticos a nivel internacional, nacional, regional y local, en pro del cumplimiento del principio de igualdad.

Sólo de esta manera, a través del aprendizaje y la inteligencia organizativa, será posible la adaptación de la cultura de la organización y la gestión del conocimiento adquirido, su conversión en una organización inteligente que propugne y adopte en su actuación diaria, como uno de sus principales valores, el de igualdad.

De acuerdo con B. Herbert “La capacidad de aprender es un regalo, la habilidad de aprender es una destreza, la voluntad de aprender es una elección”. Cualquier persona tiene en sus manos llegar donde quiera llegar, porque la capacidad de aprender está presente en todas las personas. Es responsabilidad de cada uno de nosotros y cada una de nosotras ponerla en práctica o sencillamente quedarnos de brazos cruzados.

Isabel Mª Belmonte Martínez.

Directora de la Escuela de Formación e Innovación de la Administración Pública de la Región de Murcia (EFIAP) 

En Twitter @ibelmontemarti1

 

 

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