¿Y AHORA QUÉ PASA… SI VUELVO AL TRABAJO?

Vuelta al trabajo

Soy enferma de cáncer. De momento, como me gusta escuchar por las redes sociales, una #cancersurvivor, pero llevo sobre mí, la mochila de “enferma crónica” para que no me olvide que lo voy superando pero que nunca me curaré en el sentido estricto de la palabra. ¡Y no pasa nada!, después de darle muchas vueltas a la cabeza, creo que podré convivir con ello. Pero mi reflexión va en otro sentido, en cómo nos afecta laboralmente pasar por un proceso de enfermedad cómo ésta.

En un reciente artículo publicado en El País, indicaba que la enfermedad suponía un factor de vulnerabilidad social y económica muy importante haciendo énfasis en las distintas situaciones en las que un enfermo de cáncer se ve envuelto desde el asalariado, cuya prestación se ve, en muchos casos, reducida; el autónomo que, además, de esa bajada de ingresos, añadirá la presión adicional de tener que mantener la empresa si le fuera posible o el desempleado cuya prestación será insuficiente para hacer frente a la enfermedad. Si a ello, le sumamos el gasto en aquellos medicamentos con copago o no subvencionados, el panorama no “pinta” nada bien. Todo ello sin detenerme en otro tipo de situaciones muy frecuentes como la incapacidad laboral o los despidos durante el período de baja.

Cuando leí esta noticia, pensé que era una persona afortunada pues ser empleada pública me había permitido no haber vivido ese tipo de situaciones y que, realmente, con toda sinceridad, lo tuve muy fácil, aunque, mi percepción sobre esa reincorporación, salvados esos obstáculos económicos iban en una dirección diferente, pues se centraban en superar mi impresión sobre lo que el resto de la sociedad piensa de una situación como ésta.

Después de haber pasado la peor parte del tratamiento y la recuperación, llega la hora de reincorporarnos al trabajo y, en este caso, nuestro puesto sigue allí esperándonos, pero ¿y los demás? ¿Esperaban el regreso? ¿Tan pronto? ¡Pues claro que sí!, de alguna manera es el mejor deseo de todos. Sin embargo, en ocasiones, a la vuelta, muchas mujeres y, por supuesto, hombres, percibimos que nuestro rol ha sido desplazado y no me refiero tanto al hecho de haber sido sustituidos, pues alguien tuvo que ocuparse de esas tareas sino, más bien, a esa idea de que ya nada es igual. Posiblemente es eso justo, una sensación acentuada por nuestro momento de vulnerabilidad, pero ¿y si estamos en lo cierto?

Aún quedan muchos estigmas que superar alrededor de la enfermedad y, personalmente, considero que, uno de los más importantes, es romper con esa idea tan generalizada de que cáncer es pasaporte de muerte segura lo que no se da en muchos casos o también que nuestras facultades quedan mermadas.

Por fortuna, la detección precoz y los avances terapéuticos contribuyen a que, a pesar de la incidencia de la enfermedad, la supervivencia y la calidad de vida de los pacientes ha  mejorado.

Sin embargo, a la sociedad, por regla general, no les es fácil tratar con personas que han pasado por este proceso y, lo que es más complicado, acertar en cómo tienen que comportarse. Ya sea por nuestro aspecto físico o bien por la gravedad que conlleva una enfermedad de este tipo, los enfermos percibimos o sobreprotección o cierto aislamiento, seguramente, reacciones todas ellas que brotan de las mejores intenciones. Si lo trasladamos al ámbito laboral, se traduce en que, con frecuencia, sentimos que nuestro rol allí se ha desplazado y que, por ejemplo, no se ha contado o cuenta con nosotros para no cargarnos con más responsabilidad de la que ya tenemos que asumir por los cuidados de nuestra propia enfermedad.

Personalmente creo que nuestra voluntad acerca de esto es, por regla general, totalmente diferente lo que, de alguna manera, para resistirnos a ello, nos “obliga”, siempre que sea posible y nuestras condiciones físicas lo permitan, a ocultar las posibles secuelas que este tsunami deja en nosotras, a poner la mejor cara, a esforzarnos a ser nuestra mejor versión y seguir reivindicando nuestro lugar. Vamos, en definitiva, a sumar un poco más de esfuerzo vital. ¡Vaya!, justo lo que querían evitarnos.

Tenemos el pensamiento de que, si no lo hacemos así, los demás seguirán considerándonos enfermas y, estaremos, más veces de las que nos apetece, explicando que estamos bien, que no tengan dudas, que seguimos con plenas capacidades y facultades para ejercer la misma labor que antes. Tendremos que ir, poco a poco, recuperando ese lugar que dejamos haciéndonos nuestra propia campaña promocional para que sigan contando con nosotras, convenciendo de que agradeces las atenciones recibidas, que nunca las olvidarás pero que también es importante que no se compadezcan de ti, que te ayuden a normalizar esta situación y que entiendan que tener un mal día no es óbice para un excelente desempeño laboral.

Estar enferma de cáncer no tiene por qué invalidar para continuar con la actividad que temporalmente tuvimos que aparcar. Todo lo contrario. Casi con seguridad, esa retirada forzosa, ese contador que pusimos obligatoriamente a cero, nos ha dado una visión de las cosas diferentes que, sin lugar a dudas, enriquecerá ese aspecto profesional que, de tanto practicarlo, estaba algo desgastado. De nuevo, ahora, después del paréntesis, le pondremos más corazón, más sentimiento, y apreciaremos todas esas perspectivas que, antes, parecían borradas. Haber estado enferma nos ha hecho, a la fuerza, más sabias y más perceptivas. Por tanto, una reincorporación de nuevo al trabajo, debería ser un motivo de alegría y celebración para todos porque indica que, aunque la vida decidió darnos un buen revolcón, pudimos levantarnos y, con esa incorporación al mercado laboral, no sólo queremos seguir creyendo en nosotras sino también ser esperanza para otras tantas a las que la enfermedad se lo ha puesto más complicado.

Sandra Sabatés, en su libro “Pelea como una chica” recoge múltiples ejemplos de mujeres que se han afanado por superar prejuicios, barreras y dar ejemplo. Permitidnos en este difícil camino, poder sumarnos a esa lista.

Dedicado a ti, querida Ana Báez y a otras tantas como nosotras…

Sandra Sabatés, en su libro “Pelea como una chica” recoge múltiples ejemplos de mujeres que se han afanado por superar prejuicios, barreras y dar ejemplo. Permitidnos en este difícil camino, poder sumarnos a esa lista. #cancerdemama… Clic para tuitear

Gemma Durán es Profesora Titular, Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, UAM

En Twitter @GeDuRom



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